Por: John Montilla
En memoria de Javier Anacona,
quien hace muchos años por una singular ausencia, hizo que sus amigos nos
preguntáramos:
¿Dónde está Javier?
Javier fue un viejo vecino y
amigo de infancia a quien no pude ver durante varios años; con él se dio la
particularidad de que su vida con sus amigos se escribiera en una especie de
capítulos de ausencias; pero a pesar de eso nos quedó el recuerdo de lo que
compartimos en la escuela y en los ratos de juego y diversión de nuestra época
de niñez. En algún momento de su vida dejó de ser asiduo participante en los
juegos de canicas, trompos, el futbol callejero, el yermis, la “liber”, o de
los cartuchos de papel que metíamos en pedazos de manguera y disparábamos con
un fuerte soplo, este tipo de cosas inolvidables son fragmentos de lo que
recuerdo de su presencia.
Pero hace varios años en algún
momento de su vida, Javier decidió aislarse de nosotros y del mundo. No voy a
profundizar sobre esas cosas que hicieron parte de su intimidad y del destino
de su vida. Se alejó de nosotros sus
amigos y vecinos. Le corrió las cortinas al sol y prefirió la sombra. Encerró
su vida, su escuela, parte de su niñez y adolescencia. Un aciago y remoto día
no volvió a salir de su casa durante mucho tiempo. Esa fue una de sus grandes
ausencias, y de la cual jamás indagaremos por respuestas; mejor me voy a referir
a momentos de su presencia.
Recuerdo una lejana tarde que
íbamos caminando por la cuesta que llevaba al antiguo mercado de nuestro
pueblo, mientras leíamos en el camino una revista de Condorito. Cuanta gracia
le hallamos al chiste simple de que un personaje de la historieta se llamara
“Don Vichenzo”, ese día, pronunciamos en varias tonos y formas ese par de
palabras y nos toteamos de la risa por un largo rato. Tiempo después aprendí que era tan sólo un
nombre italiano, pero en ese entonces la inocencia nos daba la alegría de las
cosas sencillas.
A Javier otro lejano día le confié uno de mis tesoros de la
casa: Un libro, se lo presté y nunca me lo devolvió, y como no lo volví a ver
en muchos años, el dichoso ejemplar se perdió, era un libró único, pues le
había servido a mi madre en la escuela. (Madre si lees esto perdóname; yo ya
perdoné a Javier. Yo fui quien tuvo la culpa de que se perdiera ese libro),
creo que se llamaba “La Rosa Blanca, o Roja”, ya no estoy seguro, esa joya
tenía unas lecturas fabulosas.
Volví a Javier después de mucho tiempo un 31 de diciembre de
hace varios años a medianoche, creo que yo estaba terminando la universidad por
aquellas épocas, el abrazo sincero de alegría que nos dio por el reencuentro es
uno de los recuerdos más memorables que tengo de su vida. Creo que nunca más
volvimos a cruzar palabra.
La casualidad quiso que la última conexión que tuvimos con él
llegara en forma de una gran pizza: Cuando sus amigos y familiares organizaron
una rifa para recolectar fondos para solventar en algo sus gastos médicos y mi
anciano padre que había decidido colaborar con la noble causa, resultó
ganador. Ese detalle hizo que en nuestra
familia volviéramos a hablar de él. El circulo de su vida cerrándose en una
intrincada metáfora del destino: La caja cuadrada, el producto redondo, las
porciones triangulares y Javier el hombre que en línea recta la llevó a
nosotros, él, una especie de estrella intermitente en el ocaso de su existencia
dejándonos sus recuerdos fugaces
Él había decidido rehacer su vida en otra ciudad, dejar
atrás, esos recuerdos, traumas, y cosas tristes del pasado y de alguna manera
reencontrar el tiempo perdido, retomar sus estudios, y aprender cosas
nuevas. Salir a la luz como dijo su
hermano, para marcharse. Sólo que esta vez, es para siempre. Ya nunca más
volveremos a ver Javier, pero está vez ya sabemos dónde está.
Descansa en paz, Javier.
John Montilla (6-III-2023)
Relatos de mis memorias
Fotomontaje: Imagen Facebook, Jesús Anacona.
Historias en: jmontideas.blogspot.com


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