Por. John Montilla

Ana Karina y J.M (Pío XII -Mocoa-2023)
Apenas habíamos trabajado unas pocas semanas del inicio del
año escolar, cuando de repente ocurrió el suceso menos imaginado de estos
tiempos modernos: No mandaron para la casa a encerrarnos en una inédita
cuarentena. No había alcanzado aún a aprenderme el nombre de mis estudiantes,
recién me estaba familiarizando con sus rostros, pero con la ida obligatoria de
todos a la casa, a los pocos días ya no pude recordarlos.
Luego frente a la pantalla, llena en su mayor parte de silencios, con cámaras apagadas y con voces renuentes a hacerse escuchar; el espacio escolar se llenó con el olvido, el fastidio, la impotencia, el cansancio y esa sensación de frustración de estar arando en el desierto, pero en esa oscura zozobra de repente se elevaban unas pocas voces que algo de vida y de alegría le daban al aula virtual. Como esas coloridas flores que nacen y le dan la alegría de la vida a los lugares más inhóspitos. Y entre una de esas pocas voces que le daban sentido a ese triste espacio, estaba la de ella: Karina.
Con el paso de los días, semanas y meses olvidé los rostros
y sólo me quedaron el timbre de esas voces. Llegué a aprendérmelas de memoria,
puesto que siempre escuchaba las mismas. Por eso cuando tuvimos la fortuna de
regresar al aula presencial, cuan placentero fue poder escucharlas de forma
personal, aunque un tanto amordazadas por el uso obligatorio del tapabocas. Fue
un reencuentro ahora lleno por la incertidumbre y de ojos a la expectativa de
lo que íbamos a hacer. Ahora tenía las voces, pero no tenía los rostros, la
sensación de estar limitados permanecía. Tenía enfrente a mis estudiantes, pero
me seguían siendo desconocidos. Entonces
en un alto de rebeldía contra el tapabocas que me ahogaba y me impedía expresarme
les dije: “Yo asumo el riesgo, ustedes sigan el protocolo.”
Y entonces tenía la reconocible voz de Karina, que tantas
veces había escuchado, y la de su profunda mirada de sus ojos cafés, pero su
cara me era negada por la máscara. Hasta que cierto día le dije, desde una
prudente distancia: “Quisiera ver tu rostro un momento, ¿´Puedo?”. Ella
respondió con cierta duda: “Hoy no profe, la próxima clase.” La volví a ver
como a la semana, y le hice la misma petición. Entonces ella, un tanto
indecisa, se bajó un poco el tapabocas y pude ver su bello rostro, un tanto sofocado
y sudoroso por el calor de esa mañana. Una linda sonrisa escondida por tantos
días floreció a esa hora. Fue como un bello acto de rebeldía contra aquello
invisible que nos maniataba. Por fortuna
con el paso de los días pudimos liberarnos de la atadura del miedo y volver a
ser libres. Y de alguna manera por fin pude conocer a mis estudiantes. Karina
demostró en el aula porque siempre fue una de las voces que siempre se mantuvo
activa durante las clases virtuales.
Tres años después, su ciclo escolar llega a su fin, y la
veo venir hacía mi como nunca antes la había visto: Furiosa, y con la cabeza
gacha a entregarme un trabajo final que se vio forzada a hacer a última hora:
Una especie de diario de memorias. Ella
ya tenía el año ganado, pero yo había puesto como condición la entrega de ese
proyecto para certificarles la aprobación de la asignatura. Me quería pasar el
trabajo por entre unas barandas que nos separaban, le dije que no, que
caminemos hasta encontrarnos en el pasillo.
La veía bastante disgustada, quería que le recibiera el
trabajo sin siquiera alzar a verme, no se lo recibí, sino que le pedí que me
mirara a los ojos. Seguía renuente, entonces le pregunté: ¿Va a cambiar el
concepto que tiene de mí, el último día de clase?, Me dijo que estaba enojada
porque yo nunca le había hablado antes así, y que la hice sentir mal. Le dije
que yo tenía razón porque ella no iba a cumplir el compromiso final en el que
habíamos trabajado todo el periodo. Aún seguía con su vista enfocada en el
piso.
Le pedí otra vez que me mirara a los ojos, y entonces volví a ver esos profundos ojos cafés que tres años antes se acompañaban de un tapabocas. Las lágrimas le daban más brillo a su mirada. Le pregunté sí aún me quería como su profesor de inglés y me respondió que sí. También le pregunte si le podía dar un abrazo de despedida. Con una sonrisa entre lágrimas me dio un abrazo fraterno y entonces le recibí el trabajo. Luego se marchó ya tranquila. Le deseo a Ana Karina lo mejor en su futuro. No me alcanzó el tiempo para hacerle comer un plato de habichuelas, alguna vez me contó que no le gustaban.

Ana Gabriela & J.M (Pío XII-Mocoa-2023)
John Montilla (22-XI-2023)
Relatos de mis memorias
Fotografía: J.M
Historias: jmontideas.blogspot.com

No hay comentarios:
Publicar un comentario