Por. John Montilla
El sol se
ocultaba y les cedía su espacio a las primeras sombras.
El silencio
iba ganando terreno en el mercado.
Pero en la
semi penumbra se podía vislumbrar aún el color.
El colorido
de las frutas.
El verde de
los limones,
El amarillo
de las naranjas y los bananos maduros.
El naranja
de las jugosas papayas.
El terroso
de las yucas
Y las
diversas tonalidades de los plátanos colgados
en sus
soportes de madera:
Verde,
verde amarillento, el radiante amarillo
y el tono
oscuro que iba cubriendo a los más añejos.
En este
ambiente vi a una niña de unos ocho años de edad,
Acompañada
de otros dos niños un tanto menores que ella.
Le
pregunté, qué quien atendía allí.
“Yo vendo
me respondió “la chiquilla con su voz infantil firme y segura.
Le pedí un
kilo de plátanos maduros.
“Vale tres
mil pesos” dijo la niña.
Agarró una
bolsa plástica,
Se la colgó
del brazo y se subió al entablado para poder alcanzar los plátanos allí
colgados.
Estaban un
poco altos para ella.
Pero, aun
así, con sus manitas forcejeó con dificultad hasta arrancar uno a uno, tres
plátanos que metió en la bolsa.
Mientras
hacía eso me hablaba que su mama estaba por allí en el mercado haciendo una
diligencia y que no demoraba en regresar.
Con prontitud
llevó los plátanos a la pesa que estaba en el piso lejos del alcance de mi
vista.
Luego dijo
con voz firme.
“Un kilo”.
La penumbra
ya casi no permitía mirar bien las cosas.
La vivaz
chiquilla recalcó:
“Si quiere
puede comprobar usted mismo”, dijo, al tiempo que me pasaba la bolsa con los
plátanos.
Estuve a
punto de reírme, pero me contuve, le respondí simplemente que le creía todo, mientras
continuaba atento a sus palabras y gestos.
Le pagué la
cantidad exacta para evitar ponerla a buscar dinero para que me dé las vueltas.
Para
escucharla otro poco, le pregunté por bananos.
Ella ni
corta ni perezosa, corrió a señalarme las frutas, y me hizo la oferta:
“Mi abuela
me dijo, que de estos grandecitos diera cinco por dos mil pesos.”
Luego
agarró un gajo de bananas más pequeñas y me ofreció:
“Estos
también se los dejó a dos mil pesos.”
Como las
sombras ya iban ganando mucho más terreno, le prometí volver al día siguiente.
El sol
salía para los niños, su madre venía ya en camino.
Me marché
gratamente impresionado por las competencias matemáticas y comunicativas de la
niña. En el futuro quizás se vuelva una gran comerciante. Yo veo de manera positiva que un niño aprenda
a desenvolverse de esta forma.
Recordé a
un amigo que cierta vez me dijo:
“Mi hijo no
sería capaz de ir a vender las empanadas que yo vendí cuando era niño.”
***
John
Montilla. (4-V-2024)
Relatos en
mi camino
Fotomontaje
1: Imágenes tomadas de internet.
Imagen 2: Generada
con Leonardo AI
Historias:
jmontideas.blogspot.com



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