Por: Jesús Ernesto Anacona
En el momento que decidí escribir estas letras, mi esposa
estaba socalando para sembrar unas plantas de café, el almanaque Bristol así lo
aconsejaba.
La brisa fría de la mañana y el tenue destello de sol se
reflejó sobre el perfil de ella y recordé aquellos días cuándo un amigo, un
profesor y su acompañante de amor, materializaron el verdadero milagro de
navidad.
Leí atento, una sonrisa para Gaby.
Profundamente conmovido, durante estos años sigo leyendo
los fragmentos dedicados aquella niña, quien tal vez, algún día, los resuma con
la misma franqueza de inspiración de su padre.
El profe, nuestro amigo, con quién compartimos la pasión
por la literatura, algún día u alguna noche, decidió convertirse en un Quijote
para vencer en batallas líricas y de prosa, monstruos reales, males
camaleónicos, estereotipos insensibles...
Recordé aquella vez, cuando escuché las peripecias de su joven
esposa en una cuidad lúgubre, fría, lejana y en sus brazos aquella niña,
entonces la vi, la imaginé, valiente, resuelta, en la firme determinación de
madre, pude observar su escudo, su coraza y la vi nuevamente regresar airosa,
triunfante, con los estandartes altivos de las guerreras míticas.
Entonces entendí, deduje las estrellas esparcidas en los
relatos del profe, entendí la determinación de su esposa y logré encajar una
sobre otra las piezas del rompecabezas:
Una sonrisa para Gaby era más que un título, muchísimo más
grande que una intención...
Se trata de una promesa de amor, se trata de una canción
que no termina, de un papá y mamá que siempre están y estarán ahí, dónde Gaby
los necesite, donde Gaby los imagine, donde Gaby esté.
Entendí el milagro, entendí navidad, entendí diciembre,
entendí la lección:
Todos debemos tener una sonrisa para alguien, así como nuestro profesor y su esposa siempre sostienen una sonrisa para Gaby.
Jesús Ernesto Anacona (20-XII-2024)
Fotografías: John Montilla

