Por. John Montilla
Cuando nos asomamos con mi
hija Gabriela a la ventana que da al balcón vimos al hombre cuando estaba justo
en el centro de la calle. Era mediodía,
el sol estaba en su apogeo, pero él parecía no darse por enterado. Permaneció
quieto por un momento, como dudando el camino a seguir. Desde la posición en la
que estaba tenía las cuatro opciones que le daban los cuatro puntos cardinales
para seguir su camino. En ese instante estaba de espaldas a nosotros; de
repente se dio vuelta y pudimos ver que tenía en sus manos un bastón blanco y
rojo, señal universal que indicaba que era una persona además de ciega, también
sorda.
Le hice notar a mi hija ese
detalle y ella se puso a observarlo ahora con mayor atención. Vimos que el
señor, de manera pausada, pero con bastante práctica inició su recorrido
palpando el entorno con su bastón. Se topó con las llantas de un carro
estacionado en la calle y con pericia lo evitó y prosiguió su camino diario de
exploración de su oscuro mundo. Metros más adelante, un perro que iba por la
calle en dirección a él, desvió su trayecto al ver el objeto en la mano del
hombre. Luego su bastón se dio de frente contra una valla plástica de la
estación de policía, y él haciendo uso de su herramienta guía lo bordeo y
continuó su marcha de las tinieblas acompañado de la luz del mediodía.
El silencio de nuestra
contemplación fue roto por Gabriela cuando me pregunto que por qué, el señor
era ciego, le respondí que quizás, tuvo una enfermedad, o haya sufrido un
accidente o simplemente nació así. Le dije que a veces las personas nacen sin
algún órgano o parte de su cuerpo. Le enfaticé que algunos bebés pueden nacer
sin una mano, o con un brazo más corto que el otro, o con una oreja más pequeña
o grande que la otra, y otras cosas así. Ella estaba bien atenta a mis palabras
y entonces aproveché la coyuntura para recordarle que por ejemplo ella había
nacido también con su condición del paladar hendido, y ella pareció comprender
mucho mejor la situación del señor del bastón. Estoy seguro que tomó bien la
enseñanza que el caminante nos dejaba, al mismo tiempo que el espíritu
solidario se despertaba en ella.
Terminé la reflexión apuntando
que por más dificultades que se tengan siempre hay gente que tiene más
problemas que uno y que por tanto hay que ser agradecido con la vida que nos ha
tocado y que contra todo obstáculo debemos abrirnos camino para poder avanzar.
En la calle teníamos una prueba de ello. El señor del bastón rojo y blanco
dobló en la esquina, dejándonos esa lección de vida.
***
John Montilla
Capítulo de “La sonrisa de Gabriela”
28-X-2021

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