domingo, 15 de octubre de 2023

EN TWINGO POR EL TRAMPOLIN DE LA MUERTE

 Por: John Montilla

Cosas buenas y bonitas en el Trampolín de la Muerte.

Hace unos años una mañana de buen sol salimos de Mocoa en el Twingo de un amigo con destino a la ciudad de Pasto, íbamos cuatro personas: el conductor contratado, para que maneje por esa vía y tres pasajeros. Todo iba bien hasta que llegaron los inconvenientes.

No habíamos recorrido mucho tramo ascendiendo cuando se pinchó una de las llantas delanteras. El conductor estacionó a un costado de la vía y procedió a hacer el cambio y luego continuamos el viaje. Era muy pronto para habernos quedado sin la llanta de repuesto, pero nos era más fácil continuar que regresarnos.

Kilómetros más adelante el viaje se complicó: se pinchó una de las llantas traseras, y ahí si quedamos varados; no teníamos con que reemplazarla. El trayecto se empezaba a hacer más largo de lo esperado.

La única solución que hallamos fue esperar un buen rato por transporte para enviar al chofer con las dos llantas averiadas hasta la población más próxima: San Francisco.  Mientras tanto nosotros a esperar su regreso. Nuestra jornada poco a poco se iba extendiendo.

Varados en medio de la nada, náufragos de la selva, rodeados por las montañas y la fresca brisa del mediodía que ya pasaba; el sol se ocultó tras las nubes, para darle el paso a la neblina y a una escaramuza de lluvia.  Nos tocó meternos en el carro, que se veía patético en la solitaria carretera con su llanta faltante, con el gato hidráulico puesto en su sitio.

El tiempo pasaba y no teníamos noticias de nuestro conductor. Algunos camioneros que pasaban, nos preguntaban por nuestra situación, y al enterarse de que no podían hacer nada por nosotros, seguían su rumbo. En cierto momento pasó un camionero y a gritó vivo nos preguntó:

¿Les puedo ayudar en algo?

-Sí, le contestamos- asomando las cabezas por las ventanillas para no mojarnos- ¡Envíenos tres almuerzos!

El hombre hizo un gesto afirmativo con su mano y siguió su marcha montaña arriba.

La espera encerrados en el carro, para protegernos de la lluvia se hacía tediosa, las horas pasaban y nada que llegaba nuestro conductor con las llantas.

Pasado un gran rato, una buseta que bajaba se detuvo junto a nosotros, y nos llamaron para que recibamos tres almuerzos empacados en envases de icopor y nos dijo el chofer:

“Esto les enviaron del restaurante X, paguen cuando suban.”

Nos sorprendió gratamente que el conductor del camión antes mencionado, nos haya hecho ese favor, y también la confianza del dueño del restaurante de enviarnos la comida sin siquiera conocernos. Al margen del hambre que teníamos la comida estuvo muy buena, nos habían enviado arroz con carne sudada. Este gran gesto nos devolvió la motivación para seguir en la espera.

De cada automóvil que pasaba esperábamos que se bajara nuestro conductor; hasta que por fin pasado un gran tiempo lo vimos apearse de una camioneta y por supuesto con las dos llantas ya reparadas.  Pronto le puso una de las llantas al carro y pudimos reanudar nuestro viaje.

La vía no es muy buena, pero la solidaridad de la gente hace la diferencia.

John Montilla (15-I-2023)

Relatos de mis memorias

Imagen: Tomada de internet

Historias en:  jmontideas.blogspot.com

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