Por: John Montilla
Cosas buenas y bonitas en el Trampolín de la Muerte.
Hace unos años una mañana de buen sol salimos de Mocoa en
el Twingo de un amigo con destino a la ciudad de Pasto, íbamos cuatro personas:
el conductor contratado, para que maneje por esa vía y tres pasajeros. Todo iba
bien hasta que llegaron los inconvenientes.
No habíamos recorrido mucho tramo ascendiendo cuando se
pinchó una de las llantas delanteras. El conductor estacionó a un costado de la
vía y procedió a hacer el cambio y luego continuamos el viaje. Era muy pronto
para habernos quedado sin la llanta de repuesto, pero nos era más fácil
continuar que regresarnos.
Kilómetros más adelante el viaje se complicó: se pinchó una
de las llantas traseras, y ahí si quedamos varados; no teníamos con que
reemplazarla. El trayecto se empezaba a hacer más largo de lo esperado.
La única solución que hallamos fue esperar un buen rato por
transporte para enviar al chofer con las dos llantas averiadas hasta la
población más próxima: San Francisco. Mientras
tanto nosotros a esperar su regreso. Nuestra jornada poco a poco se iba
extendiendo.
Varados en medio de la nada, náufragos de la selva, rodeados
por las montañas y la fresca brisa del mediodía que ya pasaba; el sol se ocultó
tras las nubes, para darle el paso a la neblina y a una escaramuza de lluvia. Nos tocó meternos en el carro, que se veía
patético en la solitaria carretera con su llanta faltante, con el gato
hidráulico puesto en su sitio.
El tiempo pasaba y no teníamos noticias de nuestro
conductor. Algunos camioneros que pasaban, nos preguntaban por nuestra
situación, y al enterarse de que no podían hacer nada por nosotros, seguían su
rumbo. En cierto momento pasó un camionero y a gritó vivo nos preguntó:
¿Les puedo ayudar en algo?
-Sí, le contestamos- asomando las cabezas por las
ventanillas para no mojarnos- ¡Envíenos tres almuerzos!
El hombre hizo un gesto afirmativo con su mano y siguió su
marcha montaña arriba.
La espera encerrados en el carro, para protegernos de la
lluvia se hacía tediosa, las horas pasaban y nada que llegaba nuestro conductor
con las llantas.
Pasado un gran rato, una buseta que bajaba se detuvo junto
a nosotros, y nos llamaron para que recibamos tres almuerzos empacados en
envases de icopor y nos dijo el chofer:
“Esto les enviaron del restaurante X, paguen cuando suban.”
Nos sorprendió gratamente que el conductor del camión antes
mencionado, nos haya hecho ese favor, y también la confianza del dueño del
restaurante de enviarnos la comida sin siquiera conocernos. Al margen del hambre
que teníamos la comida estuvo muy buena, nos habían enviado arroz con carne
sudada. Este gran gesto nos devolvió la motivación para seguir en la espera.
De cada automóvil que pasaba esperábamos que se bajara
nuestro conductor; hasta que por fin pasado un gran tiempo lo vimos apearse de
una camioneta y por supuesto con las dos llantas ya reparadas. Pronto le puso una de las llantas al carro y
pudimos reanudar nuestro viaje.
La vía no es muy buena, pero la solidaridad de la gente
hace la diferencia.
John Montilla (15-I-2023)
Relatos de mis memorias
Imagen: Tomada de internet
Historias en:
jmontideas.blogspot.com


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