Por: John Montilla
Muchos años después, frente a una pantalla de
un computador, había de recordar las mañanas de los remotos sábados en que mi
padre me llevaba a Villagarzón a tomar café con empanadas de queso salpicadas
con granos de azúcar.
“La Herradura” le llaman desde tiempos
inmemoriables a una curva cerrada que hay en la vía entre Mocoa y Villagarzón.
Ignoro quien sería el primero en darle ese nombre y también ignoro cuantas
veces en mi vida he pasado por ese sector. Pero si puedo mencionar momentos
memorables de cuando he pasado por allí. Algunos de ellos fueron cuando acompañaba
a mi padre los sábados de antaño en que viajábamos hasta la vecina localidad en
plan de negocios. Mi padre fue un hombre
que al igual que tantos procuro ganarse la vida de mil formas honradas posibles.
La carretera en aquellos años era mucho más
angosta y destapada, y el viaje que ahora dura pocos minutos; en esos tiempos
tomaba casi una hora, y en época de verano uno viajaba envuelto en nubes de
polvo, sacudones y constante bamboleo de las “chivas” que eran el transporte
más popular y que solían ir llenos hasta el tope con plátanos, yuca, gallinas,
cerdos, bultos hasta de cosas no imaginadas y por supuesto personas agarradas
como sea, incluso en la parte superior. Nunca logré comprender cómo funcionaba
la física en esos armatostes, ya que en bancas que estaban diseñadas para
sentar a siete personas, los ayudantes del conductor metían hasta once. Ellos
tenían una “ley” que no les fallaba: “En el camino vamos arreglando las
cargas.” Esos casi prehistóricos vehículos solían patinar y resoplar como
bestias de carga cuando les tocaba subir por el tramo de “La Herradura”;
siempre vi como un reto del viaje superar ese sector. Pasar de allí era como haber llegado a
destino.
Cuando llegábamos a Villa, mientras mi padre
se concentraba en lo que a él le interesaba, yo me dedicaba a curiosear entre
el gentío. Los campesinos sacaban sus productos y animales al mercado, y los
comerciantes y vendedores ocasionales hacían derroche de sus mejores dotes
oratorias para captar la atención del público y conseguir clientes. Mis favoritos eran aquellos que llegaban con
cachivaches y artilugios que nunca había visto antes. Los vendedores de
aparatitos para hacer pompas de jabón o de pajaritos de plástico a los cuales
se les llenaba agua para que trinaran de forma más bella; los paisas que hacían
derroche de palabras para vender y aquellos vendedores de loza que hacían
malabarismos en el aire con platos, vasos y utensilios de porcelana al tiempo
que hacían sencillos pero graciosos juegos de palabras. “Llego Modesto, y acabó
con esto”. “Sólo vino la familia Miranda”, “No hay mil devaluados pesos, entonces
que se lo lleve la fábrica.”
Siempre recuerdo, la vez que vi a un vendedor
callejero con un variado surtido de elementos escolares: lápices y plumones de
varios colores, reglitas para trazar líneas en diversas formas, borrador
mágico, un lapicero gordo que tenía como una docena de puntas de diversos
colores, una pantallita de un azul tenue que servía para calcar a mano mirando
la imagen proyectada en el otro lado, y una especie de regleta circular con dos
círculos dentados con cuyos moldes también circulares se podían hacer infinidad
de formas y otra serie de cosas que mi memoria aturdida por tanta maravilla del
momento ya olvidó. Un muchacho curioso como yo, no podía dejar escapar un “kit”
como ese. Por supuesto todo dependía de que mi padre aceptara comprármelo. No
siempre obtenía lo que en esos sábados miraba, pero en aquella ocasión, mi
padre complació mi deseo. ¡Cuanto disfrute ese obsequio!
Recuerdo otro de esos sábados, en que una de esas “chivas o bus escalera” iba vacía. Mi padre se acostó en una de las bancas, pero no iba del todo cómodo, entonces puse su cabeza y su poncho en mis piernas de niño, para servirle de almohada. Yo le sostuve su cabeza para que no se fuera a caer. Mi padre se durmió tranquilamente, mientras el bus escalera marchaba dando tumbos en la carretera destapada; el polvo del camino nos envolvía a todos. Ese día cuidé de su sueño. ¡Cómo añoro esos sábados de antaño!
John Montilla
(30-IX-2023)
Relatos de mis memorias
Fotografía 1: Tomada de Pinterest
Historias en: jmontideas.blogspot.com

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