Por: John Montilla.
“La vida es un reflejo, una pequeña parte de ese universo que nuestros sentidos no logran percibir. Unos detalles dejan permear la grandeza de lo inconmensurable.” Eduardo Quinchoa
Pocas personas pueden presumir de tener en casa un “Dalí”, un “Picasso” o un “Botero”; yo no presumo, pero puedo decir con cierto orgullo y nostalgia que tengo en casa un pedacito de la obra del recientemente desaparecido artista Eduardo Quinchoa. La forma en como lo obtuve no es muy convencional; Voy a hacer el relato de como obtuve de “sus propios pies” este ahora inapreciable recuerdo.
Hace ya varios abriles, llegué
al taller del maestro un mañana justo en el momento en que él estaba haciendo
aseo. En la mesa principal había separado algunos tarros de pintura que todavía
tenían algo de contenido y en diversos recipientes estaban agrupados un
sinnúmero de pinceles, lápices, colores y bisturíes también pude observar un
montón de papeles y revistas. Había bastantes imágenes impresas de personajes
del género manga y distintos personajes de historietas y fantasía. Hubo un
tiempo en que el maestro era bien aficionado a esas imágenes y se divertía con
ese tipo de dibujos. Por supuesto de ahí
se nutría para crear diseños de carrozas y cuadros de fantasía para
presentarlos en épocas de carnaval.
Pero lo que despertó mi
atención ese día fue lo que observé entre el montón de basura que había en el
piso - en el taller de arte era cosa normal el caos de objetos, sobre todo
cuando era temporada de elaboración de carrozas y todo quedaba “patas arriba” y
era un problema encontrar las herramientas que uno requería en determinado
momento. Tanto así que a veces cada uno agarraba una mochila o bolso viejo y
echaba allí su propio martillo, alicates, bisturí, metro, lápiz y cuanta cosa
fuera necesaria, sin intención de prestar porque luego en el pandemónium de cartón,
papel, icopor, pegantes, pintura y tanta cosa y materiales revueltos por todo
lado, era casi imposible dar con las herramientas.
Pues bien, por fortuna ese no
fue uno de esos días de tantos revoltijos, por eso pude divisar en el piso, la
imagen colorida de una guacamaya pintada en un rectángulo de cartón paja. El
dibujo estaba medio cubierto por la tierra, recortes de papel y otros desechos
del taller. El maestro le estaba pasando la escoba y sus zapatos por encima. Estaba
a segundos de ir a parar a la cesta de la basura. Lo recogí, le sacudí un poco
el polvo y luego le pregunté qué porqué la botaba si el dibujo era bonito y aún
estaba en buenas condiciones.
No recuerdo su respuesta -quizás
hizo la obra en algún arranque de creatividad y luego de alguna manera la dejo
inconclusa, porque tiene algunos detalles burdos que indican que no se terminó
del todo, por ejemplo, la rayó con lapicero y no con lápiz, ese detalle es
fácil de percibir porque se pueden observar a simple vista algunos trazos
azules que la pintura no alcanzó a cubrir, también aparece su firma escrita con
la misma tinta azul, lo cual es un hecho afortunado que le agrega un valor
mucho más que sentimental a la obra- En
este pequeño río de circunstancias, como un Moisés salvado de las aguas en un
cesto de juncos, “La Guacamaya” se salvó
de la cesta de la basura.
Y entonces, ese ya lejano día,
mi amigo me dijo con su siempre voz franca: “Si te gusta el dibujo te lo puedes
llevar”.
Jamás pensé que años después
contaría está historia, Quinchoa me hubiera dicho como tantas otras veces con
una sincera sonrisa: “Está genial”:
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| Gabriela |
John Montilla: Texto y fotografía (9-VIII-2023)
Relatos de mis memorias
Historias en: jmontideas.blogspot.com



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