lunes, 8 de julio de 2024

EL FUTURO

 Por. John Montilla

“Haz que tu futuro empiece hoy.” (Anónimo) 

Salimos de Bogotá una tarde un tanto gris, las nubes presagiaban lluvia, y en efecto al rato cayó un tremendo aguacero cuando estábamos en el otro extremo de la ciudad. En el norte el sol, en el sur las sombras. Por las ventanas del bus nos pusimos a detallar con mi hija como la gente se guarecía del aguacero: algunos se metían bajos los puentes peatonales que escurrían aguas oscuras, otros bajo cualquier recoveco que los protegiera o bajo los techos de edificios o casas, los vendedores ambulantes habían desplegado grandes sombrillas o plásticos para protegerse tanto ellos como sus productos. Una madre y dos chicos se apiñaban junto a un carromato de dulces bajo una descolorida sombrilla. Muchos transeúntes habían sacado paraguas, algunos vendedores alerta también habían sacado las suyas para ofrecerlas al público en apuros.  los motociclistas se arropaban con sus chaquetas. Muchos ciclistas iban cobijados con sencillas capas de plástico y varios peatones caminaban de prisa a la intemperie aguantando estoicamente el viento y las frías gotas de lluvia de esa tarde. Un vendedor había abandonado momentáneamente su carrito para ir esconderse, mientras sus frutas eran lavadas por el agua que caía a raudales.

 Dentro de cálido ambiente del bus, me dijo Gabriela: “Se están mojando los mangos.”, le repliqué: “los mangos, y parece que el mundo entero”. Y seguimos detallando las distintas formas en cómo la gente se protegía de la lluvia. Al rato cayeron las primeras sombras de la noche y entonces sacaste una cartilla de inglés que habíamos comprado y me pediste que te revise lo que hiciste a la hora del almuerzo. Tuviste que ponerte a rayarla para no vernos comer, porque tu doctora había recomendado que no podías hacerlo hasta que no hayan pasado por lo menos tres horas, iban a ser casi las doce y media y teníamos que almorzar para evitar el hambre del camino. Nos daba pena, que simplemente nos vieras comer, pero comprendías las razones y por eso te concentraste en resolver los ejercicios de la cartilla.

Gabriela. Parque Jaime Duque. VII-2024

La revisamos, repasamos el vocabulario, y en el silencio del bus pronunciamos y construimos algunas oraciones en inglés. Luego me pediste que te explique lo que no habías entendido. Me di cuenta que habían incluido algunas frases en “tiempo futuro”. Te explique el tema, como no es tan complejo el asunto lo comprendiste rápido, así que nuestra lección viajera resultó exitosa y memorable.  Aproveché para decirte que el futuro es lo promisorio, lo que está por venir, que se debe pensar en el mañana con cosas positivas. Que esos viajes los hacíamos pensando en un bienestar para ella. Que hay que ser solidario y buena persona.

Le recordé un episodio de la tarde, cuando salíamos de la ciudad: Un señor ya entrado en años se cayó de su bicicleta, y entonces un carro se estacionó en la vía y de él surgió un joven con auriculares en sus oídos y corrió a ofrecerle su ayuda. Fue un acto muy bonito. Fue como un rayo de sol, abriéndose paso entre nubes oscuras. Estás cosas hacen pensar en que sí hay esperanzas para el futuro.

Gabriela. Parque Jaime Duque. VII-2024

John Montilla (6-VII-2024)

Apuntes para Gabriela

Fotografía e historias: jmontideas.blogspot.com

UNA LOCOMOTORA DENTRO DE LA CASA

 Por. John Montilla

“He crecido cerca de las vías y por eso sé que la tristeza y la alegría viajan en el mismo tren.”  (Fito Cabrales)

A la dueña sólo le gustaba arrendarles habitación a estudiantes, pero por alguna razón rompió su habitual regla y una tarde le alquiló un cuarto a un señor y algo inusual ocurrió esa noche en la casa.

Todo iba bien hasta que de pronto a eso de la medianoche, la dueña, el otro estudiante que allí residía, y yo, tuvimos la sensación de que una locomotora se había metido en la vivienda.

La casa tembló y el techo  pareció dar saltos, las paredes se sacudieron y los cuadros perdieron el equilibrio, las delicadas  figuras de porcelana estuvieron a punto de caer de las pequeñas repisas, , los  jarrones de cristal  casi se rompen y los tiernos serafines casi salen volando; el vidrio de la mesa del comedor estuvo a punto de partirse como una galleta, el salero se derramó en la mesa,  la puerta de la nevera se abrió de golpe, los huevos que allí había crujieron, una bolsa de leche abierta se ladeó un poco y empezó a gotear el blanco líquido, el control remoto se cayó del estante y el televisor se prendió justo cuando pasaban las noticias de un terremoto en el otro lado del mundo.  La dueña enfundada en una piyama de grandes flores de colores se levantó espantada con el estrepito de la locomotora.

Yo al igual que los demás había pegado un salto en la cama, y por supuesto el sueño se espantó, también.  Abrí la puerta de mi cuarto y vi a la doña, despelucada, echándose la bendición y asombrada, al tiempo que me señalaba con su mano derecha la puerta de la habitación del nuevo inquilino.

El ronco trepidar salía de ese cuarto, confieso que nunca en mi vida había escuchado a alguien roncar con la fuerza y la sonoridad con que lo hacía dicho señor. Los residentes de la casa no pudimos dormir esa noche; el hombre tenía un sueño de carro viejo enterrado en un barrizal, imposible de despertar.

Muy temprano al día siguiente la doña le pidió la habitación al ruidoso dormilón porque se iba a quedar sin el resto de inquilinos y sin poder dormir más.  El hombre todo apenado, entonces confesó que sufría de ese difícil problema. Recogió sus bártulos y se fue.

Me pregunto que habrá sido de la vida de ese infortunado personaje: ¿A cuál estación lo habrán llevado la carrilera de su ruidosa nocturna existencia?



Gabriela- Armenia 2022 (J.M)

John Montilla: (Neiva: 28 -XII-2023)   

Relatos de mis memorias

Imágenes 1 y 2 generadas con Leonardo AI

Historias: jmontideas.blogspot.com

domingo, 7 de julio de 2024

VICENTA LA NIÑA DEL MAR QUE NO APRENDIÓ A NADAR

 Por. John Montilla

Vicenta, la niña del mar que nunca aprendió a nadar.

Con sus pies descalzos en la arena salió a caminar,

Pero no pudo tener en sus brazos el oceano salado.

Serían  ordenes de padres o de temores anclados.

Y aunque nació con el arrullo del viento y  las olas,

el murmullo del mar  lo ha sentido más cerca en las caracolas

 

Le pregunté:

¿Vicenta no sabes nadar?

Pero  si tu me has contado casi todos los secretos del mar.

Conoces por su nombre a cada pescado,

con pulpos,  cangrejos , atunes, y meros has hecho guisado.

Tu vida ha llevado el vaiven de canoas , barcos y botes

y los caminos de agua te han llevado de islote en islote.

¿Y me dices que no sabes nadar?

Si con espuma en la playa has ido danzar.

Sabes relatos de cien piratas, diez corsarios y un bucanero,

pero tu historia lejos de las aguas es la que prefiero.

 


 ¿Niña de las islas por qué has tenido el mar tan distante?

Si ese infinito mundo azul puedes abrazar en un breve instante.

¿ Acaso te asustó un tiburon o un gran pez martillo ?

Derrotar  un temor o  un  trauma no es algo sencillo.

Me dijo un isleño, ver un escualo en medio del oceano es algo habitual 

encontrarse un perro nadando en las aguas sería lo inusual.

 

Vicenta con asombro de otros tiempos menea la cabeza.

De recuerdos de antaño ya no tiene toda la certeza.

Pero si conoce los secretos del mar, ha escuchado sus canto,

de arena, olas , playas y palmeras ella sabe tanto.

 

El mar es la cuna que de niña te arrulló Vicenta.

Y aunque nunca has nadado,

tu alma  de niña siempre ha navegado.

Y ahora que ya tienes ochenta,

Vicenta ven de nuevo a la playa a caminar,

Ven te invitamos a nadar.

Gabriela en Buenaventura-Valle. Playa la Barra. 2019

John Montilla ( 22-VI-2024)

Relatos en mi camino.

Imagen 1 y 2: Generadas con LeonardoAI.

Imagen e Historias:  jmontideas.blogspot.com

¡LÁVATE LAS MANOS, GABRIELA!

 Por. John Montilla

¿Por qué tengo que lavarme las manos?

Me preguntas en un tono entre pícaro e inocente.

Podría responder: “Porque no somos como los marranos”,

pero lo haré de manera más elocuente.

 

¡Lávate las manos, Gabriela!

Quizás le agarraste la cola a un gato,

o acaso te sonaste la nariz.

Tal vez tocaste la suela de tu zapato,

o fuiste al baño a hacer “pis”.

 


Tal vez recogiste en la calle un objeto curioso,

o aferraste una trajinada canasta en el mercado.

Quizás te untaste los dedos un mecato sabroso,

o se te escurrió entre ellos el dulce de un helado.

 

Quizás jugaste con tus primos a la pelota,

o ayudaste a tu madre en la cocina.

Tal vez tocaste a una tierna mascota,

o acariciaste las plumas a una gallina.

 

Quizás dibujaste con tiza en el pavimento,

o tocaste barandas y pasamanos,

o hiciste manualidades con pegamento,

o tal vez “toilet paper” tuviste entre manos.

 

Quizás acariciaste al perro de la vecina,

o sacudiste en la entrada el tapete,

construiste castillos de arena con tu prima,

o quien sabe tomaste monedas o un billete.

 

Quizás se te posó en la mano una mariposa,

O te untaste los dedos con pintura.

O al dibujar en el muro una rosa

posiblemente tocaste alguna basura.

 

Así que, lávate Gabriela las manos,

Reitero en estas líneas que acabo de escribir

Ten siempre cuerpo, mente y espíritu sanos.

Si feliz, saludable y tranquila quieres vivir.


John Montilla (19-VI-2024) 

Apuntes para Gabriela

Fotografía e historias: jmontideas.blogspot.com

ANA KARINA

 Por. John Montilla

Ana Karina y J.M (Pío XII -Mocoa-2023)

Apenas habíamos trabajado unas pocas semanas del inicio del año escolar, cuando de repente ocurrió el suceso menos imaginado de estos tiempos modernos: No mandaron para la casa a encerrarnos en una inédita cuarentena. No había alcanzado aún a aprenderme el nombre de mis estudiantes, recién me estaba familiarizando con sus rostros, pero con la ida obligatoria de todos a la casa, a los pocos días ya no pude recordarlos.

Luego frente a la pantalla, llena en su mayor parte de silencios, con cámaras apagadas y   con voces renuentes a hacerse escuchar; el espacio escolar se llenó con el olvido, el fastidio, la impotencia, el cansancio y esa sensación de frustración de estar arando en el desierto, pero en esa oscura zozobra de repente se elevaban unas pocas voces que algo de vida y de alegría le daban al aula virtual. Como esas coloridas flores que nacen y le dan la alegría de la vida a los lugares más inhóspitos. Y entre una de esas pocas voces que le daban sentido a ese triste espacio, estaba la de ella: Karina.

Con el paso de los días, semanas y meses olvidé los rostros y sólo me quedaron el timbre de esas voces. Llegué a aprendérmelas de memoria, puesto que siempre escuchaba las mismas. Por eso cuando tuvimos la fortuna de regresar al aula presencial, cuan placentero fue poder escucharlas de forma personal, aunque un tanto amordazadas por el uso obligatorio del tapabocas. Fue un reencuentro ahora lleno por la incertidumbre y de ojos a la expectativa de lo que íbamos a hacer. Ahora tenía las voces, pero no tenía los rostros, la sensación de estar limitados permanecía. Tenía enfrente a mis estudiantes, pero me seguían siendo desconocidos.  Entonces en un alto de rebeldía contra el tapabocas que me ahogaba y me impedía expresarme les dije: “Yo asumo el riesgo, ustedes sigan el protocolo.”  

Y entonces tenía la reconocible voz de Karina, que tantas veces había escuchado, y la de su profunda mirada de sus ojos cafés, pero su cara me era negada por la máscara. Hasta que cierto día le dije, desde una prudente distancia: “Quisiera ver tu rostro un momento, ¿´Puedo?”. Ella respondió con cierta duda: “Hoy no profe, la próxima clase.” La volví a ver como a la semana, y le hice la misma petición. Entonces ella, un tanto indecisa, se bajó un poco el tapabocas y pude ver su bello rostro, un tanto sofocado y sudoroso por el calor de esa mañana. Una linda sonrisa escondida por tantos días floreció a esa hora. Fue como un bello acto de rebeldía contra aquello invisible que nos maniataba.  Por fortuna con el paso de los días pudimos liberarnos de la atadura del miedo y volver a ser libres. Y de alguna manera por fin pude conocer a mis estudiantes. Karina demostró en el aula porque siempre fue una de las voces que siempre se mantuvo activa durante las clases virtuales.

Curso 11-02- Año 2023

Tres años después, su ciclo escolar llega a su fin, y la veo venir hacía mi como nunca antes la había visto: Furiosa, y con la cabeza gacha a entregarme un trabajo final que se vio forzada a hacer a última hora: Una especie de diario de memorias.  Ella ya tenía el año ganado, pero yo había puesto como condición la entrega de ese proyecto para certificarles la aprobación de la asignatura. Me quería pasar el trabajo por entre unas barandas que nos separaban, le dije que no, que caminemos hasta encontrarnos en el pasillo.

La veía bastante disgustada, quería que le recibiera el trabajo sin siquiera alzar a verme, no se lo recibí, sino que le pedí que me mirara a los ojos. Seguía renuente, entonces le pregunté: ¿Va a cambiar el concepto que tiene de mí, el último día de clase?, Me dijo que estaba enojada porque yo nunca le había hablado antes así, y que la hice sentir mal. Le dije que yo tenía razón porque ella no iba a cumplir el compromiso final en el que habíamos trabajado todo el periodo. Aún seguía con su vista enfocada en el piso.

Le pedí otra vez que me mirara a los ojos, y entonces volví a ver esos profundos ojos cafés que tres años antes se acompañaban de un tapabocas. Las lágrimas le daban más brillo a su mirada. Le pregunté sí aún me quería como su profesor de inglés y me respondió que sí. También le pregunte si le podía dar un abrazo de despedida. Con una sonrisa entre lágrimas me dio un abrazo fraterno y entonces le recibí el trabajo.  Luego se marchó ya tranquila. Le deseo a Ana Karina lo mejor en su futuro. No me alcanzó el tiempo para hacerle comer un plato de habichuelas, alguna vez me contó que no le gustaban.

Ana Gabriela & J.M (Pío XII-Mocoa-2023) 

John Montilla (22-XI-2023)

Relatos de mis memorias

Fotografía: J.M

Historias: jmontideas.blogspot.com

SER “BUENA PAPA”

 Por. John Montilla

El vendedor ambulante instalado frente a la clínica en la que se encontraba internada mi madre, había dado los precios de sus productos: Las empanadas a mil pesos, las papas rellenas a dos mil pesos, y las arepas de huevo a tres mil pesos, Esto último era lo que quería la niña, quizás de unos siete u ocho años. La mamá de la menor se puso a buscar y contar las monedas que tenía en una trajinada carterita de color rosado y acto seguido se palpó todos los bolsillos tratando de encontrar dinero en algún rincón olvidado de su vestimenta para luego concluir diciéndole con cierta frustración a su hija:

“No me alcanza”.

El gesto de decepción en el rostro de la niña fue bastante evidente, entonces decidí intervenir de forma cordial:

-Tome la arepa señora, yo se la pago.

La señora me respondió con un “Dios los bendiga”; tomó la arepa y se la pasó a su hija al tiempo que le pedía que agradeciera por ello. La niña así lo hizo y luego feliz se puso a comer.

La emoción de las personas que estábamos a esa hora comiendo en la calle fue bastante evidente ante este pequeño cuadro de inocencia infantil.

Cuando terminó, ella y su madre se dispusieron a cruzar la calle.  La niña alzó la mano en señal de despedida, al tiempo que volvía a repetir con una vocecita repleta de ternura “Muchas gracias, señor.”

Fue un episodio espontaneo y reconfortante para quienes estábamos lejos de casa esa nostálgica noche de navidad.

***

Coletilla: “Ser buena papa” en Colombia, significa ser buena persona con los demás.

Gabriela en Armenia -Quindío.2022. J.M 

John Montilla: (Neiva: 24 -Dic-2023)

Relatos en mi camino

Fotomontaje: Imágenes tomadas de internet

Historias: jmontideas.blogspot.com

NOVENTA Y CINCO

  Por: John Montilla Padre. Atado aún a unas muletas, me conformo con los recuerdos. La fecha del calendario familiar dice que hoy cum...