Por: John Montilla
“Lo esencial es invisible a los ojos.” El Principito
Aquella mañana, cuando el sol apenas se asomaba detrás de
las montañas, Gabriela despertó con una sensación rara, como si tuviera
mariposas en las manos.
Se levantó despacio, y entonces vio sobre su mesa el tarrito
de cristal que el “pecosito” Andrés, su
compañerito de clase le había regalado el día anterior durante el destape del
juego del “amigo secreto.” Este había sido empacado en una bolsita multicolor junto
a un perfume de suave fragancia infantil y unos chocolates.
La abuela de su amigo le había traído el tarrito de la
capital, dijo habérselo comprado a un mago que estaba haciendo divertidos
trucos en la calle.
Dentro había una delicada tinta rosada, suave como nube de
algodón de azúcar.
La niña tomó el pincel y grácilmente, dio una pincelada en
el aire.
Un punto rosado flotó frente a sus ojos, titilante, como si
respirara.
Luego cayó sobre la ventana, y el vidrio, que hasta
entonces estaba empañado, se volvió claro y luminoso.
Entonces la niña sonrió, y pintó otro punto sobre la pared.
El punto se extendió, y allí donde cayó brotó una
enredadera diminuta, de hojas acorazonadas y olor a frambuesa.
Dio otra grácil pincelada y entonces una bella mariposa
rosa salió volando por la puerta abierta, el perro que dormitaba sin animó,
saltó alegre, y se fue a corretearla por el jardín.
Otras pinceladas dieron origen a un grupo de mariposas que
bailando una elegante danza salieron por la ventana que mágicamente les cedió
el paso.
Afuera, el aire comenzó a oler distinto.
Los vecinos notaron que el cielo tenía un brillo nuevo,
como si el día hubiera lavado su cara con agua de rosas.
Una vecina salió a colgar la ropa y vio que las sábanas se
llenaban de suaves motas rosadas que no se iban ni con el viento ni con el sol.
A un niño al tocarlas le quedó una diminuta sonrisa dibujada
en el dedo.
La niña seguía pintando, y cada punto encontraba su propio
destino.
Uno cayó sobre una pequeña piedra, esta se convirtió en un bello
escarabajo moteado que corrió a esconderse entre las hierbas.
Otro, sobre una gota de roció, que comenzó a reflejar nubes
con forma de corazón.
Otro más tocó una rama seca, que floreció sin permiso del
calendario.
Los puntos rosados se multiplicaban por el pueblo como si
supieran adónde ir.
Nadie entendía nada, pero todos se sentían un poco más
ligeros, un poco más vivos.
Los viejos salieron a la plaza, los niños dejaron sus
pantallas, y hasta el reloj del campanario, que siempre se atrasaba, decidió
ponerse al día.
Al caer la tarde, la niña se miró las manos: estaban
cubiertas de luz.
Buscó el tarrito, pero ya estaba vacío.
Se asustó un poco.
Entonces lo levantó contra la claridad del cielo, y dentro
vio su propio reflejo: su rostro, su piel, y un resplandor que no recordaba
tener.
Comprendió, sin palabras, que la pintura no venía del
frasco, sino de ella.
Cerró los ojos, respiró hondo y pintó el último punto, el
más pequeño de todos.
Lo dejó flotar, suave, hasta que subió, subió, subió… y se
posó justo en el borde del sol poniente.
Desde ese día, al anochecer, el cielo del pueblo tiene un
rubor leve, como una manta transparente que los cobija con cariño.
Y aunque nadie volvió a ver a la niña con su pincel, todos
saben —o al menos sospechan— que sigue allí, que volverá a pintar el aire invisiblemente,
para que el mundo no se olvide de florecer.
John Montilla (8- X -2025)
Apuntes para Gabriela
Imagen 1. IA – Imagen2.
J.M
jmontideas.blogspot.com


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