Por. John Montilla
La niña apareció en la esquina arrimada a las paredes para protegerse de la leve llovizna que caía a esa hora de la mañana. Una princesita de cabellos húmedos vestida con una blusita, una falda y sandalias de color azul. Todo azul excepto un tapabocas de vistoso color rojo. Esta chiquitina quizás de unos ocho o nueve años estaba haciendo el trabajo de una cenicienta: Puesto que llevaba un producto para vender dentro de una canasta artesanal. Este detalle captó más mi atención y pensé que valdría la pena una fotografía de ese objeto que nuestros abuelos usaban antaño para hacer sus compras en el mercado.Así que bajé las gradas, abrí
la puerta y la llamé. Le pregunté que estaba vendiendo y entonces ella tímidamente
estiro sus manitos para indicarme lo que tenía en la canasta de mimbre. Hace
ratos no veía a alguien llevar este bello artilugio. Era una canasta de tamaño
mediano, liviana, elaborada por hábiles manos artesanales, es una pena que
hayan sido reemplazadas por el plástico. Dentro de ella había unos pocos paquetes de
moras.
“Estoy vendiendo moras”-Dijo
la niña. ¿Me quiere comprar una bolsita? -Preguntó.
Le contesté que sí y le pedí
que me dejara tomar una imagen de su canasta, cuyo interior estaba teñido por
el color de la fruta. Ella la dejó a mi disposición por un momento en el piso. Noté
que sus piececitos también estaban húmedos. Tomé un par de fotos, le pagué y
ella prosiguió su camino.
De repente observé que de una
casa vecina salió presuroso un perrito y corrió hacía la niña, ella se detuvo y
se arrodillo a acariciarlo. La mascota jugueteaba alegremente a su alrededor. Por
un breve momento esos dos inocentes seres se hicieron cariñitos. Luego la niña
decidió continuar su camino, pero se percató de que la mascota la seguía. Se
regresó a espantarlo haciendo gestos con sus manos; el animalito corría de
regreso y la niña tornaba a seguir su marcha, pero el perro volvía a
perseguirla. Esto se repitió otras veces y al final la niña pareció cansarse,
entonces de forma más vehemente, simulando estar furiosa sacó corriendo a la
mascota y cuando notó que volvía a entrar a la casa de donde salió, la niña
agarró su canasta y echó a correr por la calle antes de que el perro saliera
detrás de ella. La niña de azul con su canasta y sus moras se fueron
acompañadas con el gris de la llovizna que continuaba.
John Montilla (21-VI-2023)
Relatos en mi camino
Fotografías. J.M
jmontideas.blogspot.com


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