Por: John Montilla
Entre el azul de la clínica, el verde de
la esperanza y el gris de la incertidumbre, esperaba que me permiteran ver a mi
hija que estaba en reposo despues de haber salido de un procedimiento médico;
me pidieron que fuera a la terraza, que ostentaba el titulo de cafeteria, pero
no te atendía nadie, sólo habían un par de maquinas dispensadoras. Una de variedad de cafés, creo, y otra de
comida chatarra: gaseosas, jugos y bolsas de mecato. Hacía un tremendo calor
pese al lugar donde estabamos; el techo transparente dejaba pasar la luz y casi
no había una sombra donde guarecerse, me felicitaba por haber llevado conmigo
un sombrero. Para pasar el tiempo decidí ponerme a observar a dos obreros que despues
del almuerzo iban a retomar su trabajo en las alturas en un edificio cercano.
El primero de ellos, probó la “linea de
vida” desde una ventana antes de encaramarse en el andamio metalico con un
movimiento digno de un cirquero; luego su compañero hizo lo mismo. Estaban
pintando las paredes laterales de esa edificación. Una vez ya asegurados en sus
puestos, uno de ellos calculó la altura de la pared a pintar levantando los
brazos. Acto seguido accionó una palanca, para alzar un poco el andamio que se
balancea un poco, pero los obreros duchos en lo suyo ni se inmutaron.
Uno de ellos echó unos brochazos de
pintura verde en un tramo previamente pintado con ese color, mientras el otro
preparaba el material y la siguiente pared a ser intervenida, también pegaba
cinta de enmascarar para delimitar el espacio que iban a pintar de un color crema intenso; acto
seguido, usando llanas metalicas reiniciaron su labor. Eran rápidos y diestros
en su oficio. La pared antes apagada, cobraba vida, como si los obreros
agarraran los colores del prisma en el aire y lo estamparan sobre la superficie
de cemento. Desde la ventana, alguien que usaba un casco blanco, supervisaba el
trabajo; debía ser el ingeniero, los obreros llevaban cascos azules. El andamio
se movía debido al rápido ritmo de trabajo de los obreros; de tanto en tanto
pulian la pared usando la brocha. Ya
casi estaban a punto de terminar el trecho dedicado al color crema, cuando
recibí una llamada por los parlantes de la clinica, pidiendo mi presencia.
Confieso que me distraje observandolos, el calor reinante en el recinto había pasado, y ahora corria un aire frío acompañado de nubes grises que se asomaban en el horizonte. La tarde se puso oscura y luego llovió. Me pregunto si se les estropeó la pintura. Fue como si hubieran estado pintando el arco iris en el cielo y la lluvia fue simplemente un resultado de ello. Yo iba camino a ver a Gabriela, mi “pequeño gran sol” que le ha dado más luz a mi existencia.
John Montilla (6-XI-2024)
Apuntes para Gabriela
Imagen e historias:
jmontideas.blogspot.com



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