lunes, 16 de octubre de 2023

TU PRESENCIA

 Por: John Montilla

“Usted ha sido mi profe favorito de toda la vida.” Lesly Rocío O.

Siempre he pensado que todos llevamos en el recuerdo a aquel profesor que nos enseñó a leer y escribir.  Mi maestra se llamaba Mirian Rúales, nunca más volví a saber de ella, pero le guardo eterna gratitud. Por pura coincidencia mi hija Gabriela tuvo como primera profesora a una persona amable y cariñosa y que también tiene el nombre Mirian y fue ella quien aparte de nosotros como padres, la primera persona que le señaló el camino de las primeras letras en el hogar infantil.

Con ella dio los pasos iniciales del saber, pero no aprendió a leer porque era muy pequeña. Luego pasó a grado preescolar en el colegio en el que alguna vez estudié y en el que ahora trabajo, también encontró allí a una persona muy entregada su profesión y cariñosa con los niños. Allí subió otros peldaños que la acercaron más al maravilloso mundo de las letras.

Después pasó a primero, la tuvimos unos pocos días en el colegio y por diversas razones decidimos matricularla en una escuela privada, allí por supuesto tuvo otra profesora. La ruta a su aprendizaje iba bien, pero todo se fue al traste con la aparición de la pandemia del Covid-19. Ella al igual que muchos niños terminó tomando clases frente a la pantalla de un computador. Viví en carne propia las vicisitudes de las “clases virtuales”, tanto así que al final en casa nos cansamos y decimos desvincularla de la escuela y terminé haciendo por mi cuenta el trabajo de enseñarle a leer y escribir. A veces mi hija me da las gracias por eso; creo que sin lugar a dudas todos sus profesores hicieron su aporte y con nostalgia me quedo pensando que la pandemia le quitó a ella la mágica experiencia de algún día tener que recordar a su profe de la escuela que le enseñó la “entrada al saber”.

Aunque ya sabía leer y escribir, volvió a hacer el curso completo del año primero con aprendizaje de manera remota, por eso me contó lo emocionada que estaba por el retorno presencial a clases; ya de grado segundo. Tu presencia en la escuela y en nuestras vidas nos hace felices.

John Montilla: Texto y fotografía (30-I-2022)

Apuntes para Gabriela

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domingo, 15 de octubre de 2023

EL JOVEN “EDGAR”

Por: John Montilla 

“Uno necesita un pueblo, aunque no sea más que por la satisfacción de poder marcharse de él.”  Cesare Pavese               


Años después me atrevo a aseverar que, para mí, él fue la persona que inventó el Facebook de la época. Si hubiera existido la tecnología por aquel entonces, de seguro él hubiera dado el paso siguiente.  Les voy a narrar el porqué de mi afirmación. Antes debo señalar que su pueblo Santa Lucia lo conoce; yo sé apenas algunas breves vivencias suyas y voy a tratar de darles forma para construir una semblanza para que el mundo sepa algo de él:

No recuerdo cuando ni cómo llegaron a mis manos sus clásicos álbumes de fotografías personales y desde la primera vez me llamaron la atención dos cosas: La cantidad de fotos que tenía, y lo que me pareció en ese instante muy original: al pie de cada imagen había uno o dos comentarios suyos, los cuales habían sido escritos en papeles recortados y colocados junto a las fotografías.   Nunca antes había visto esa particular manera de acompañar los recuerdos gráficos. Sus amigos acostumbrábamos a pedirle una y otra vez que nos abriera el alma de sus recuerdos y él con gusto nos dejaba ojear esos cuadernillos repletos de imágenes. Años después con el advenimiento de la tecnología, alguien llevó este principio básico de compartir fotos con comentarios incluidos a internet y de allí salió Facebook el resto ya es historia por todos conocida.

Suelo a veces contar esto a mis estudiantes, como reflexión para que no desechen a la ligera algunas ideas que en principio parecen inviables. El caso es que por la afición de nuestro amigo Edgar, en la actualidad es la persona que de seguro más memorias gráficas tiene de su terruño. Dónde, cómo y cuándo consiguió sus cámaras y se hizo amigo de las imágenes no lo sabemos, lo cierto es que a cada rato sorprende a sus paisanos publicando algunas postales en redes sociales que algunos ni siquiera se imaginan que existan.

Edgar, un hombre de un escondido terruño de nuestro Putumayo, en algún momento de su vida, se convirtió en profesor de inglés, tampoco sé la motivación de eso, aunque creo que su curiosidad innata por los libros, el cine y la música debieron ser los peldaños que lo llevaron a ello. Dentro de sus recuerdos con sus propias palabras señala como fue que se fue acercando a los libros: “En una población donde si acaso se había leído historias de vaqueros y las novelas de Corin Tellado, quien devoraba libros y cuanta obra literaria caía en sus manos, era don Juan de Dios García, en su casa leímos, por alquiler, todas las aventuras del Águila Solitaria, Arandú, Memín y Tamakun, los comics del momento.” De algunas conversaciones me quedan los apuntes por la curiosidad por el cine, gracias a un vecino que procuraba presentar en su casa cuanta película pudiera conseguir y aún hoy me pica la curiosidad por conocer la historia completa que cierta vez me refirió de un ciudadano extranjero que vivió entre ellos por un buen tiempo.

 Como sea, Edgar, es de alguna manera el historiador del pueblo, su imágenes unido a su gran memoria, le traen a su gente instantes hasta de las épocas de sus abuelos: Así lo rememora en algunos de sus apuntes que siempre   tiene para Santa Lucia: “Cada que llegaban personajes de la rama eclesiástica o del orden político, manifestaban su asombro ante este pueblito, que ya no era la vereda con sus casitas regadas, sino que había un trazo de calles organizadas, que ellos encontraban después de una larga caminata, monte adentro, desde Puerto Limón, que era hasta donde llegaba la carretera en aquel entonces.”

En otra de sus remembranzas nos cuenta en estilo costumbrista algunos episodios cotidianos del pueblo y sus gentes, cuando se refiere al comercio con Puerto Guzmán, la localidad vecina: “…para vender los productos, hacer la remesa, comprar los insumos, los niños buscábamos entre los puestos de los cacharreros, alguna novedad como helicópteros de cuerda o elementos novedosos que iban apareciendo. Ya de jóvenes buscábamos siempre la camiseta de moda, con estampados del grupo Menudo, Jhon Travolta o también al final, las de Michael Jackson, se buscaba afanosamente los cassettes de Dario Gómez y retornaba uno muy feliz, a trajinar otra semana.”

Incontables las tardes en que íbamos a su casa, y nos prestaba su hamaca y sus libros mientras que con una grabadora de pilas nos compartía su música salsa y baladas en inglés. Edgar, un alma generosa, que de alguna manera se dio sus modos para cierto día arrancarle un pedazo de terreno a sus abuelos y allí construirle un rancho con sus propias manos a una humilde amiga de toda su vida, y a quien años después también le ayudaría a que publicara su primer libro de poemas. Hoy en día esa mujer es una las más reconocidas narradoras de poesía popular del departamento.

No tengo los datos precisos de donde hizo su primaria y donde terminó la secundaria, lo cierto fue que Edgar fue a la universidad y volvió para convertirse en flamante profesor del naciente colegio de la localidad: el Rafael Reyes, Me consta del orgullo de él y su gente por ese honor de poder servirle y de que manera a su pueblo.

Allí como docente puso todo su intelecto, creatividad, humor fino, energía, don de gentes y amor por su tierra, para “educar a la juventud del Putumayo, Cauca y Caquetá”, como se podía leer en una antigua valla que había en la entrada del colegio.  Ese colegió que ya llega a su aniversario número 35 de labores y por cuyas aulas han pasado grandes docentes, pero entre todos ellos, si hay alguien que dejó huella cuando tuvo que partir, es precisamente el profesor Edgar Morillo: “Un hombre que salió de su pueblo, pero Santa Lucia su pueblo, nunca ha salido de él.”

***

John Montilla (15-XI-2022)

Relatos en mi camino.

Fotografías:  Facebook, Santa Lucia Putumayo.

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EL PAVIDO NAVIDO

 Por: John Montilla

“Bienvenido pávido návido
Donde está su esposa navida
Componiéndose el vestivido
Arreglándose el peinabido ..”     ( Trio Huaricancha)

Hace varios años un 31 de diciembre, durante un desfile de años viejos, alguien sacó a la calle en una carretilla un maniquí de forma femenina con larga cabellera y colorido vestido estampado de flores, a la cual en determinado momento agarraba y se ponía a bailar de manera cómica con ella al compás del tema musical del momento: “El pávido návido”. El “show” que el concursante hizo con su personaje para esa época fue toda una sensación y la muchedumbre lo disfrutó bastante; tanto así que al final el hombre figuró entre los ganadores del día.

Esa presentación titulada “El pávido návido” tuvo tanto impacto entre los conocidos del autor que después del concurso se quedó con el apodo del “pávido návido”. Ese personaje que había llegado al barrio, creo que era alto, delgado, con larga cabellera crespa, tenía trazas de ser un hippie de esos años. A él no parecía disgustarle el cuarto de hora de fama y el mote que se ganó. 

Su verdadero nombre se perdió entre las añejas telarañas de la memoria, hasta el sol de hoy lo recuerdo como “el pávido návido”. Ignoro completamente que sucedió con su vida cuando abandonó la vecindad; así como llegó, se marchó. Si aún vive debe ser ya un anciano, que quizás sentado en una silla, alguna vez haya rememorado este episodio de su existencia o quizás ya ni el mismo lo recuerde.  

En el transcurso del tiempo, he visto varios desfiles de años viejos con representaciones muy buenas, pero por nostalgia este que relato aquí es uno de los más memorables. Porque estoy casi seguro que fue el que despertó en mí esa curiosidad por elaborar y participar en esos concursos caricaturescos de fin de año.

Me pregunto si habrá en el mundo alguien más que recuerde este episodio del lejano “pávido návido”. Yo creo que no; esto me da pie para afirmar que cada uno de nosotros guarda en su memoria cosas triviales que nadie más recuerda.

***

John Montilla (31-XII-2022)

Relatos de mis memorias

Fotomontaje: Imágenes tomadas de internet

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EN TWINGO POR EL TRAMPOLIN DE LA MUERTE

 Por: John Montilla

Cosas buenas y bonitas en el Trampolín de la Muerte.

Hace unos años una mañana de buen sol salimos de Mocoa en el Twingo de un amigo con destino a la ciudad de Pasto, íbamos cuatro personas: el conductor contratado, para que maneje por esa vía y tres pasajeros. Todo iba bien hasta que llegaron los inconvenientes.

No habíamos recorrido mucho tramo ascendiendo cuando se pinchó una de las llantas delanteras. El conductor estacionó a un costado de la vía y procedió a hacer el cambio y luego continuamos el viaje. Era muy pronto para habernos quedado sin la llanta de repuesto, pero nos era más fácil continuar que regresarnos.

Kilómetros más adelante el viaje se complicó: se pinchó una de las llantas traseras, y ahí si quedamos varados; no teníamos con que reemplazarla. El trayecto se empezaba a hacer más largo de lo esperado.

La única solución que hallamos fue esperar un buen rato por transporte para enviar al chofer con las dos llantas averiadas hasta la población más próxima: San Francisco.  Mientras tanto nosotros a esperar su regreso. Nuestra jornada poco a poco se iba extendiendo.

Varados en medio de la nada, náufragos de la selva, rodeados por las montañas y la fresca brisa del mediodía que ya pasaba; el sol se ocultó tras las nubes, para darle el paso a la neblina y a una escaramuza de lluvia.  Nos tocó meternos en el carro, que se veía patético en la solitaria carretera con su llanta faltante, con el gato hidráulico puesto en su sitio.

El tiempo pasaba y no teníamos noticias de nuestro conductor. Algunos camioneros que pasaban, nos preguntaban por nuestra situación, y al enterarse de que no podían hacer nada por nosotros, seguían su rumbo. En cierto momento pasó un camionero y a gritó vivo nos preguntó:

¿Les puedo ayudar en algo?

-Sí, le contestamos- asomando las cabezas por las ventanillas para no mojarnos- ¡Envíenos tres almuerzos!

El hombre hizo un gesto afirmativo con su mano y siguió su marcha montaña arriba.

La espera encerrados en el carro, para protegernos de la lluvia se hacía tediosa, las horas pasaban y nada que llegaba nuestro conductor con las llantas.

Pasado un gran rato, una buseta que bajaba se detuvo junto a nosotros, y nos llamaron para que recibamos tres almuerzos empacados en envases de icopor y nos dijo el chofer:

“Esto les enviaron del restaurante X, paguen cuando suban.”

Nos sorprendió gratamente que el conductor del camión antes mencionado, nos haya hecho ese favor, y también la confianza del dueño del restaurante de enviarnos la comida sin siquiera conocernos. Al margen del hambre que teníamos la comida estuvo muy buena, nos habían enviado arroz con carne sudada. Este gran gesto nos devolvió la motivación para seguir en la espera.

De cada automóvil que pasaba esperábamos que se bajara nuestro conductor; hasta que por fin pasado un gran tiempo lo vimos apearse de una camioneta y por supuesto con las dos llantas ya reparadas.  Pronto le puso una de las llantas al carro y pudimos reanudar nuestro viaje.

La vía no es muy buena, pero la solidaridad de la gente hace la diferencia.

John Montilla (15-I-2023)

Relatos de mis memorias

Imagen: Tomada de internet

Historias en:  jmontideas.blogspot.com

LLORAN LOS GUADUALES

Por: John Montilla 

“Lloran, lloran los guaduales

Porque también tienen alma.”   (Garzón y Collazos)

Una sombría noche de septiembre

 el viento murmuraba historias de dolor

 Cuatro luces jóvenes, en el brillo más radiante de la vida,

se habían apagado abruptamente.

Con la complicidad de las sombras,

destellos de maldad

habían arrojado un manto oscuro de aflicción.

Las palomas blancas temerosas habían arropado entre sus alas a sus hijos.

- ¿Por qué cesan las estrellas de brillar aquí? –

Le había preguntado un niño

a una nostálgica mariposa nocturna que lloraba

junto a luciérnagas inertes como faroles extintos de otros tiempos.

-Aquí, pequeño amigo, alguien olvidó que cada vida es un universo.

Había respondió la mariposa con alas de cristal roto.

Los ojos del niño se llenaron de lágrimas

al comprender el dolor que se tejía entre las ramas de los guaduales.

Cuatro estrellas pintadas en el lienzo de la existencia

Había sido borradas en el acto cruel de un eclipse sin fin.

Con tiernos susurros y mirando al cielo

el niño había sacado un puñado de semillas

y las había esparcido por los aires

con el sincero deseo que en ese campo

 irrigado con la humedad de las lagrimas

germinen las flores de la esperanza.

                                                                

Gabriela-Mocoa-2023

John Montilla (29-IX-2023)

Divagaciones

Imagen:  Facebook, Naive Art Extraordinaire.

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NIÑO VENDEDOR DE MANDARINAS

 Por: John Montilla

“Más fácil que pelar una mandarina.”  Frase popular.

El reloj ya marcaba más de las dos de la tarde. El calor a esa hora era intenso; los que estábamos en el restaurante sudábamos a la sombra y fue entonces cuando vimos llegar al chico en su bicicleta. De manera ágil se bajó del aparato al tiempo que agarraba con destreza una canasta de plástico en la que llevaba unas bolsas con fruta.

Se acercó a nosotros y con una voz un tanto ronca, tímida y cordial nos preguntó si le comprábamos mandarinas. Su rostro estaba lleno de polvo y el sudor le corría por su frente y su cara. Se limpió un poco con su mano, mientras se quedaba expectante a nuestra respuesta.  

Le dije al colega con quien estaba: “Le voy a colaborar comprándole una bolsa a este chico trabajador”. Él puso la canasta en el suelo y permitió que escogiera el producto.  Mientras hacía esto noté que no quedaban muchas bolsas en el recipiente, entonces le pregunté qué desde que horas estaba vendiendo y cómo le había ido con las ventas. El niño de las mandarinas, respondió que había salido temprano en la mañana, pero que sólo había vendido un paquete.

-“Un señor en la esquina me compró una bolsa no hace mucho”- nos contó.

Mi compañero, también expresó la intención de comprarle, mientras le cuestionaba que por qué no usaba una gorra para protegerse del sol que estaba muy fuerte. “No tengo”, fue su respuesta. Cuando le indagamos si ya había almorzado, con toda tranquilidad dijo que él comería cuando llegara a su casa allá en la vereda, que antes tenía que trabajar.  Unos minutos más habían pasado en el gran reloj adosado a la pared.

Entonces mi compañero llamó a la mesera y le preguntó si aún tenía comida y le pidió un almuerzo para el niño. Al chico se le iluminó el rostro y sólo atinó a decir gracias. Se sentó presto a la mesa; ni siquiera se acordó de su bicicleta tirada al borde de la acera. Le recomendamos que la dejara junto a la puerta, él así lo hizo y se puso a comer con todo deleite mientras nos contaba que él bregaba para ayudar a su mamá que se había quedado sin trabajo al parecer por un problema de salud en su vista. “Mi hermana y yo trabajamos para ayudar a pagar el arriendo.” Ahora parecía la voz de un hombre adulto hablando mientras cuchareaba.

Antes de irme, le compré otra bolsa más de mandarinas, al tiempo que le pedía que me permitiera tomarle una foto. 

El chico seguía comiendo mientras el rostro de complacencia de la mesera resumía esta historia. 

Si ven al niño de las mandarinas en su bicicleta no duden en comprarle.

Gabriela : J.M 
John Montilla: Texto y fotografía (9-X-2023)

Relatos en mi camino

Historias en: jmontideas.blogspot.com 

¿DÓNDE ESTÁ JAVIER?

 Por: John Montilla

En memoria de Javier Anacona, quien hace muchos años por una singular ausencia, hizo que sus amigos nos preguntáramos:

¿Dónde está Javier?

Ni en ese entonces, ni nunca encontramos una respuesta; pero ahora que se ha marchado para siempre, por lo menos nos hacemos la difusa idea del lugar a donde se ha ido. Uno de sus hermanos, nos da una pista sobre ello: “Mi hermano logró encontrar la luz para pasar a una mejor vida prendido de la mano de nuestro Dios.”

Javier fue un viejo vecino y amigo de infancia a quien no pude ver durante varios años; con él se dio la particularidad de que su vida con sus amigos se escribiera en una especie de capítulos de ausencias; pero a pesar de eso nos quedó el recuerdo de lo que compartimos en la escuela y en los ratos de juego y diversión de nuestra época de niñez. En algún momento de su vida dejó de ser asiduo participante en los juegos de canicas, trompos, el futbol callejero, el yermis, la “liber”, o de los cartuchos de papel que metíamos en pedazos de manguera y disparábamos con un fuerte soplo, este tipo de cosas inolvidables son fragmentos de lo que recuerdo de su presencia.

Pero hace varios años en algún momento de su vida, Javier decidió aislarse de nosotros y del mundo. No voy a profundizar sobre esas cosas que hicieron parte de su intimidad y del destino de su vida.  Se alejó de nosotros sus amigos y vecinos. Le corrió las cortinas al sol y prefirió la sombra. Encerró su vida, su escuela, parte de su niñez y adolescencia. Un aciago y remoto día no volvió a salir de su casa durante mucho tiempo. Esa fue una de sus grandes ausencias, y de la cual jamás indagaremos por respuestas; mejor me voy a referir a momentos de su presencia.

Recuerdo una lejana tarde que íbamos caminando por la cuesta que llevaba al antiguo mercado de nuestro pueblo, mientras leíamos en el camino una revista de Condorito. Cuanta gracia le hallamos al chiste simple de que un personaje de la historieta se llamara “Don Vichenzo”, ese día, pronunciamos en varias tonos y formas ese par de palabras y nos toteamos de la risa por un largo rato.  Tiempo después aprendí que era tan sólo un nombre italiano, pero en ese entonces la inocencia nos daba la alegría de las cosas sencillas.

A Javier otro lejano día le confié uno de mis tesoros de la casa: Un libro, se lo presté y nunca me lo devolvió, y como no lo volví a ver en muchos años, el dichoso ejemplar se perdió, era un libró único, pues le había servido a mi madre en la escuela. (Madre si lees esto perdóname; yo ya perdoné a Javier. Yo fui quien tuvo la culpa de que se perdiera ese libro), creo que se llamaba “La Rosa Blanca, o Roja”, ya no estoy seguro, esa joya tenía unas lecturas fabulosas.

Volví a Javier después de mucho tiempo un 31 de diciembre de hace varios años a medianoche, creo que yo estaba terminando la universidad por aquellas épocas, el abrazo sincero de alegría que nos dio por el reencuentro es uno de los recuerdos más memorables que tengo de su vida. Creo que nunca más volvimos a cruzar palabra.

La casualidad quiso que la última conexión que tuvimos con él llegara en forma de una gran pizza: Cuando sus amigos y familiares organizaron una rifa para recolectar fondos para solventar en algo sus gastos médicos y mi anciano padre que había decidido colaborar con la noble causa, resultó ganador.  Ese detalle hizo que en nuestra familia volviéramos a hablar de él. El circulo de su vida cerrándose en una intrincada metáfora del destino: La caja cuadrada, el producto redondo, las porciones triangulares y Javier el hombre que en línea recta la llevó a nosotros, él, una especie de estrella intermitente en el ocaso de su existencia dejándonos sus recuerdos fugaces 

Él había decidido rehacer su vida en otra ciudad, dejar atrás, esos recuerdos, traumas, y cosas tristes del pasado y de alguna manera reencontrar el tiempo perdido, retomar sus estudios, y aprender cosas nuevas.  Salir a la luz como dijo su hermano, para marcharse. Sólo que esta vez, es para siempre. Ya nunca más volveremos a ver Javier, pero está vez ya sabemos dónde está.

Descansa en paz, Javier.

John Montilla (6-III-2023)

Relatos de mis memorias

Fotomontaje: Imagen Facebook, Jesús Anacona.

Historias en:  jmontideas.blogspot.com

sábado, 14 de octubre de 2023

ORO NO ES, PLATANO ES

 Por: John Montilla

“Una tarde estaba yo, tranquilito y merendando
me encontré una mata e´ mango, cargadita de ciruelas,
me puse a tirarle piedras creyendo que eran manzanas,
salió una vieja me llama: oye Johnny deja esas nueces
no le estés tirando piedras que son limones franceses.”(Johnny Ventura)


Les voy a narrar lo que estaba haciendo:

Pero no voy a ir directo al GRANO,

así que te pido, es-PERA un poco.

Estaba abonando está palma de CILANTRO

para que de su espiga broten grandes MAZORCAS.

Y que algún día me dé unas carnosas GUAYABAS;

aunque me dicen que si le echó cáscara de PAPA

me pueden resultar unas jugosas SANDÍAS.

Advierto que no me está fallando el COCO;

ni que, por comer LENTEJAS, se me haya corrido la teja.

Aunque lo que piensen de mí, me importa un PEPINO.

Me siento fresco como una LECHUGA.

Estoy sembrando palabras como SEMILLA

y me interesa que estas den por FRUTO

Un lector de MENTA-lidad abierta y creativa.

De esos que cuando del cielo les caen LIMONES,

aprenden a hacer LIMONADA.

Pero de todo se da en la VIÑA del señor.

No se le pueden pedir PERAS al OLMO.

Todo lo que brilla, oro no es, pero aquí PLATANO es

Que usted llegue hasta “AJÍ” me hace feliz.

Aunque me pondría rojo como un TOMATE

Si alguien me dice que esta disertación le importa un LULO.

Gabriela

John Montilla: Texto y fotografía.

Divagaciones.

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(24-I-2023)

TRES LIBROS

Por: John Montilla

TRES LIBROS (I) 

Hay personas que no pueden leer tres libros al mismo tiempo, para mí es una cosa fácil de hacer, por ejemplo, yo estoy leyendo ahora mismo

El Principito de Saint-Exupéry

El Viejo y el Mar de Hemingway

El coronel no quien le escriba de García Márquez.

Estoy en el momento en que el Principito le pide al coronel, que se está afeitando sin verse ante un espejo, que le dibuje un pez grande. El viejo lobo de mar cuyos ojos estaba cansados no por haber visto el sol ponerse 43 veces en un día, sino por las innumerables ocasiones que había contemplado el sol naciente en el mar, simplemente le dibujo un gallo en un papel y lo puso dentro de un sobre luego se lo pasó al niño. Total, se dijo, para el Principito lo esencial es invisible a los ojos, además el coronel había advertido que “los gallos se gastan de tanto mirarlos.” 


TRES LIBROS (II)

Hay personas que no pueden leer tres libros al mismo tiempo, para mí es una cosa fácil de hacer, por ejemplo, yo estoy leyendo ahora mismo

Cien años de Soledad de García Márquez.

El Quijote de la Mancha de Cervantes y

Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne.

Estoy en el momento de aquella remota tarde en Macondo en la que el padre del coronel Aureliano Buendía, lleva al Quijote de la Mancha a conocer el hielo en el centro de la tierra. 


Gabriela-Armenia-2022

John Montilla: Texto y fotografía 3 

Divagaciones (Adaptación) 

Fotomontaje 1:  Imágenes tomadas de internet. Imagen 2: Tomada de facebook

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(11-III-2023)

VIAJANDO CON PAPÁ

 Por: John Montilla

“Dicen que la vida es como un boomerang”.


Tú dormida,

recostada en mis piernas,

con mi chaqueta como almohada,

duermes profundamente

a pesar de la incomodidad del irregular vaivén del bus.

Te sientes segura

pues mis brazos de sostienen.

Pero más que en eso

tu tranquilidad radica en que confías plenamente

En que no te voy a desamparar nunca.

Recuerdo que hace ya muchos años,

mientras viajaba con mi padre

en una de esas populares chivas o bus escalera;

que extrañamente esa lejana jornada iba vacía.

Él se acostó en una banca

y mis piernas de niño y su poncho le sirvieron como cabecera.

Yo le sostenía su cabeza para que no se fuera a caer.

Mi padre se durmió tranquilamente

También confiaba en mí.

El armatoste con ruedas marchaba como bestia cansada

dando tumbos en la carretera destapada.

El polvo del camino nos envolvía a todos,

pero yo ese día cuidé de su sueño;

así como cuido tus sueños, Gabriela.

John Montilla: Texto y fotografías.

Apuntes para Gabriela

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(6-VII-2023)

SÁBADOS DE ANTAÑO

 Por: John Montilla

Muchos años después, frente a una pantalla de un computador, había de recordar las mañanas de los remotos sábados en que mi padre me llevaba a Villagarzón a tomar café con empanadas de queso salpicadas con granos de azúcar.  

“La Herradura” le llaman desde tiempos inmemoriables a una curva cerrada que hay en la vía entre Mocoa y Villagarzón. Ignoro quien sería el primero en darle ese nombre y también ignoro cuantas veces en mi vida he pasado por ese sector. Pero si puedo mencionar momentos memorables de cuando he pasado por allí. Algunos de ellos fueron cuando acompañaba a mi padre los sábados de antaño en que viajábamos hasta la vecina localidad en plan de negocios.  Mi padre fue un hombre que al igual que tantos procuro ganarse la vida de mil formas honradas posibles.

La carretera en aquellos años era mucho más angosta y destapada, y el viaje que ahora dura pocos minutos; en esos tiempos tomaba casi una hora, y en época de verano uno viajaba envuelto en nubes de polvo, sacudones y constante bamboleo de las “chivas” que eran el transporte más popular y que solían ir llenos hasta el tope con plátanos, yuca, gallinas, cerdos, bultos hasta de cosas no imaginadas y por supuesto personas agarradas como sea, incluso en la parte superior. Nunca logré comprender cómo funcionaba la física en esos armatostes, ya que en bancas que estaban diseñadas para sentar a siete personas, los ayudantes del conductor metían hasta once. Ellos tenían una “ley” que no les fallaba: “En el camino vamos arreglando las cargas.” Esos casi prehistóricos vehículos solían patinar y resoplar como bestias de carga cuando les tocaba subir por el tramo de “La Herradura”; siempre vi como un reto del viaje superar ese sector.  Pasar de allí era como haber llegado a destino.  

Cuando llegábamos a Villa, mientras mi padre se concentraba en lo que a él le interesaba, yo me dedicaba a curiosear entre el gentío. Los campesinos sacaban sus productos y animales al mercado, y los comerciantes y vendedores ocasionales hacían derroche de sus mejores dotes oratorias para captar la atención del público y conseguir clientes.  Mis favoritos eran aquellos que llegaban con cachivaches y artilugios que nunca había visto antes. Los vendedores de aparatitos para hacer pompas de jabón o de pajaritos de plástico a los cuales se les llenaba agua para que trinaran de forma más bella; los paisas que hacían derroche de palabras para vender y aquellos vendedores de loza que hacían malabarismos en el aire con platos, vasos y utensilios de porcelana al tiempo que hacían sencillos pero graciosos juegos de palabras. “Llego Modesto, y acabó con esto”. “Sólo vino la familia Miranda”, “No hay mil devaluados pesos, entonces que se lo lleve la fábrica.”

Siempre recuerdo, la vez que vi a un vendedor callejero con un variado surtido de elementos escolares: lápices y plumones de varios colores, reglitas para trazar líneas en diversas formas, borrador mágico, un lapicero gordo que tenía como una docena de puntas de diversos colores, una pantallita de un azul tenue que servía para calcar a mano mirando la imagen proyectada en el otro lado, y una especie de regleta circular con dos círculos dentados con cuyos moldes también circulares se podían hacer infinidad de formas y otra serie de cosas que mi memoria aturdida por tanta maravilla del momento ya olvidó. Un muchacho curioso como yo, no podía dejar escapar un “kit” como ese. Por supuesto todo dependía de que mi padre aceptara comprármelo. No siempre obtenía lo que en esos sábados miraba, pero en aquella ocasión, mi padre complació mi deseo. ¡Cuanto disfrute ese obsequio!

Recuerdo otro de esos sábados, en que una de esas “chivas o bus escalera” iba vacía. Mi padre se acostó en una de las bancas, pero no iba del todo cómodo, entonces puse su cabeza y su poncho en mis piernas de niño, para servirle de almohada. Yo le sostuve su cabeza para que no se fuera a caer.  Mi padre se durmió tranquilamente, mientras el bus escalera marchaba dando tumbos en la carretera destapada; el polvo del camino nos envolvía a todos. Ese día cuidé de su sueño. ¡Cómo añoro esos sábados de antaño!

Gabriela-Armenia-2022 (J.M) 

John Montilla (30-IX-2023)

Relatos de mis memorias

Fotografía 1: Tomada de Pinterest

Historias en: jmontideas.blogspot.com 

viernes, 13 de octubre de 2023

EL JUEGO DE LA RASPA

 Por: John Montilla

“¿Qué es nuestra imaginación comparada con la de un niño que intenta hacer un ferrocarril con espárragos?” Jules Renard.

La raspa (o caída, le llaman algunos) era un juego - o es porque de vez en cuando tiene uno la grata sorpresa de ver a niños disfrutando de él- que consiste en frotar o “raspar” y hacer caer por turnos un cromo o lámina, una carta de naipe, una tarjeta con dibujos animados u otra cosa parecida desde un andén, un asiento, un mueble bajo, banca de cemento o madera con el objetivo de que “la ficha” lanzada caiga encima del elemento que está en el suelo y así poder ganar ya sea únicamente el elemento “tocado” o  todos los que estén en el piso, según se hayan acordado las reglas de juego.

Existe la variante de ganar cuando cae a la distancia menor a un geme o una cuarta, esto se calcula con las manos de cada jugador. En una partida pueden participar cuantos jugadores se quieran. Por supuesto jugando a la raspa se pueden apostar también canicas, dulces o diversidad de baratijas.

No hace mucho alguien rememoraba este juego de antaño y me contaba que lo sabía jugar apostando envolturas o “papeles” de confite que solían recoger en las calles. Con nostalgia me decía: “Como en esos tiempos nuestros padres no tenían cómo y por lo mismo no nos daban ni para los confites nos tocaba ir por las calles sobre todo cerca de las tiendas para recoger los papeles, limpiarlos, a veces lavarlos y “plancharlos” para que se vieran bonitos.”  “Algunos de esas envolturas solían conservar por varios días esos olores sabrosos del dulce.”

Los colores y diseños de antaño eran bien bonitos, mucho mejor que los de ahora, quizás los dueños de las fábricas sabían que los niños de antes disfrutábamos tanto del dulce como de la envoltura. Ahora, así los hagan con los colores más psicodélicos, las nuevas generaciones ya ni siquiera los determinan; bastante trabajo tenemos con pedirles que por lo menos los echen en el cesto de la basura. Una simple envoltura de papel jamás le ganará el duelo a la infinidad de colores que les brinda un dispositivo electrónico. Una realidad amarga que toca digerir, mientras los dulces papeles de confite se arrastran por las calles llevados por los vientos de los nuevos tiempos.

John Montilla:  Texto y fotografías  

Relatos de mis memorias.

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(12-VII-2023)

jueves, 12 de octubre de 2023

FUNDERELELE

 Por: John Montilla

Primero que todo debo pedirte que por esta vez

no vayas al diccionario.

Yo te lo voy a decir, pero antes te voy a contar algo.

La primera vez que escuché esta palabra

quedé prácticamente helado.

Me sorprendió desconocerla.

Con tantos años en la academia

y nunca haber escuchado antes

un término tan bello y sonoro

y sobre todo tan de uso común.

Hemos escuchado antes los vocablos

“Ukelele”, que nos suena a música hawaiana.

O “pelele”, un muñeco de paja o tela

o persona de poco carácter.

Pero “funderelele” que parece no tener raíz de origen

“Tiene rasgo musical, tiene chispa y es alegre”,

dice Laura García una escritora mexicana:

Para ella:

“Es una palabra que baila,

Es una palabra que tiene ritmo y sonoridad.

Es una palabra que provoca una sonrisa,”

A ella la palabra la lleva “a un tablado de flamenco”

Y la hace escuchar las palmas y seguir el compás.

Ella dice:

“Me maravilló la forma tan simpática que había adoptado un instrumento que aportaba tanta felicidad.”

Cuenta que la siguiente vez que fue a uno de esos

lugares dulces, fríos pero felices.

Preguntó por la palabra, pero no le dieron razón de ella.

Entonces ella la compartió

Y se ganó como recompensa una porción de helado

a cambio del vocablo.

Imagínense un mecánico que no sepa el nombre de sus herramientas.

O un cirujano que no sepa llamar su instrumentaria médica.

Eso le pasó al heladero que la atendió,

Quien se asombró por no saber el nombre de su herramienta compañera:

Un invento de un afroamericano hace ya más de un siglo,

al que bautizo como “molde de helado y emplatador”.

Tuvo menos éxito con el nombre que con su invención.

“Funderelele”

Es esa especie de cuchara 

para sacar helado en forma de bolas.

Entonces, así como el helado va de boca en boca.

Igual se espera que suceda con la palabra                                                       

“funderelele” para que prospere en el tiempo.

Dice la escritora mexicana:

“Cada uno somos el eslabón de esa cadena”.

Dulce, fría, deliciosa y divertida cadena.

Así que ahora cuando vayas a la heladería

pregunta por “funderelele”.

Quizás también te ganes una bola de helado.

El vocablo a la lengua y el helado a la boca.

Me pregunto si fuiste al diccionario

antes de llegar hasta aquí.

Gabriela-2020

John Montilla (27-VI-2023)

Divagaciones

Imagen: fotomontaje con imágenes tomadas de internet.

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